El terapeuta como aliado (Dr. Luis Beato)

EL PAÍS, Suplemento Salud | 12-05-2007

Prescribir un tratamiento no es garantía de que éste se cumpla. En los casos en que la prescripción incluye cambios en la conducta de los pacientes, la actitud del terapeuta puede condicionar el resultado. Acercarse a sus sufrimiento, entender sus razones y colocarse como aliado ofrece mejores resultados terapéuticos que culpabilizarle y dejar en sus manos toda la responsabilidad del cambio. Por Luis Beato

El terapeuta como aliado

No quiere venir a consulta pero ha perdido mucho peso y está obsesionada con adelgazar. Hemos intentado convencerla por todos los medios, pero se niega porque piensa que lo único que queremos es engordarla?. Ésta es una frase que los terapeutas que tratamos trastornos de las conductas alimentarias hemos oído muchas veces de padres y familiares de enfermos que se resisten a iniciar un tratamiento (me referiré a los pacientes en femenino porque 8 de cada 10 son mujeres).

Los médicos sabemos que prescripción de una terapia no es garantía de cumplimiento. Esto es especialmente cierto cuando lo que se prescribe es un cambio de conducta o de hábito que, pese a sus consecuencias negativas, reporta un beneficio más o menos consciente en quien lo realiza. Más aún: hacer un balance racional de beneficios frente a perjuicios de una conducta tampoco es garantía de cambio: las emociones cuentan mucho en la decisión final.

Los profesionales que tratamos enfermedades en las que la adquisición de hábitos saludables es esencial (trastornos de la conducta alimentaria, toxicomanías, enfermedades metabólicas), sabemos que necesitamos contar con la colaboración del enfermo para que el tratamiento sea eficaz. Conseguir involucrarlo pasa a ser tan importante como la propia prescripción terapéutica. En este caso, nuestro objetivo como terapeutas no es solo diagnosticar y pautar el tratamiento adecuado, sino conseguir, como garantía de eficacia, que éste se aceptado por la paciente. Éste es un aspecto que siempre me ha preocupado. Creo que la actuación profesional ya no se puede limitar a la mera prescripción de cuidados, sino que se extiende al análisis de los obstáculos, externos o internos, que interfieren en su cumplimiento. No podemos obviar que la capacidad de decisión y ejecución de la paciente con relación a sus hábitos puede formar parte del propio trastorno, En este sentido, dejar en manos de la paciente la responsabilidad de sus propia motivación para cumplir las prescripciones podría ser, cuando menos, insuficiente y conducir al fracaso terapéutico.

Promover un cambio implica tratar ambivalencia (todo cambio conlleva una pérdida y puede suponer una ganancia). Esta ambivalencia puede estar en el centro del conflicto del paciente. Permitir su expresión sirve para desvelar los miedos y las seguridades del proceso y, a veces, también para poner en evidencia una mala experiencia en tratamientos previos. Expresiones como: ?no se esfuerzan por entender lo que me pasa, sino por conocer mi diagnóstico?; ?no le interesan mis problemas, sino buscar síntomas?; ?no quieren ayudarme a aliviar mi sufrimiento, sino a demostrar la efectividad de sus remedios?; ?parece que no le importa tanto mi fracaso como su éxito? pueden expresarse más o menos explícitamente. Y también la impresión de que, en las entrevistas, el profesional escucha lo que le es útil a él, pero no muestra interés por entender lo que le ocurre al paciente.

El denominador común de quien sufre un trastorno alimentario es la baja autoestima. Las pacientes necesitan compensar sus sentimiento de fracaso mejorando su aspecto físico. Tienen la sensación de que pueden dirigir su propia vida y la contrarrestan manteniendo férreamente su decisión de controlar lo que comen. De este modo, el trastorno les ayuda a adquirir una identidad. En realidad, dejando de comer lo que buscan es mejorar su autoestima y encontrarse bien con ellas mismas de acuerdo con un proyecto personal que incluye el sentirse delgada. Aunque los medios que utilizan no sean los más adecuados (perder peso a cualquier precio), los objetivos son legítimos (aliviar el sentimiento de minusvalía, tomar el control de sus decisiones).

Aunque sabemos que no hay un factor causal único, pensar que problema se debe a una elección errónea de la paciente hace que la enfermedad deje de mirarse con compasión para mirarse con reproche, incluso por los propios profesionales responsables del proceso de recuperación. Visto así, el objetivo deja de ser encontrar formas alternativas para mejorar los sentimientos de minusvalía de la paciente, para centrarse, en mi opinión erróneamente, en doblegar los medios inadecuados que utiliza.

Esto puede derivar en una actitud de enfrentamiento con la paciente. La relación se limita, en este caso, a dificultarle el mantenimiento de su elección con limitaciones o castigos que, al ser percibidos por ella como una amenaza a su autonomía personal, puede ocasionar un mayor inmovilismo. Cuando en esta situación de enfrentamiento se produce un cambio de conducta, con frecuencia es a pesar de la propia paciente, que lo vive como una nueva derrota que sumar a los fracasos anteriores.

La fuerza para salir de la enfermedad la tiene la propia `paciente y debilitarla puede disminuir sus posibilidades futuras de adaptación y crecimiento personal. Por el contrario, tratar de comprender las razones por las que se refugió en el trastorno facilitar la búsqueda de soluciones alternativas y alienta la decisión de cambio. En este proceso, el terapeuta deja de ser un enemigo para incorporarse como aliado en la búsqueda conjunta de alternativas al problema.

FUENTE: El País

Volver

¡Atención! Este sitio usa cookies y tecnologías similares.

Este sitio usa cookies y tecnologías similares.Si no cambia la configuración de su navegador, usted acepta su uso. Saber más

Acepto